Le debo a mi Alma Mater… nada.
Desde mucho antes de
mi graduación, colegas, profesores y egresados, me bombardearon con la idea de
que le debo estar agradecido a la
universidad por todo lo que me ha “dado”. Que le debo dar (especialmente en
financieramente) con creces la institución que me confirió, que me “dio”, mi
diploma de graduación.
A mí no se me “dio” un
diploma. Yo, gané mi título académico. Fui yo quien cumplió las Labores de
Hércules, que se impusieron, para lograr mis metas académicas.
Más importante, nada
fue dado por la universidad. No fui el beneficiario de algún tipo de caridad.
Los profesores o instructores no me impartieron conocimientos por piedad. En un
país donde la educación es un lucrativo negocio, todo en la universidad tiene
que ser pagado.
Pagué por todo durante
mi tiempo en la universidad. Por mis clases, por el uso de la biblioteca y las
computadoras, las horas de oficina de los profesores, hasta el uso de los baños
está computado en el pago de la matricula (y todas esas cuotas especiales).
Inclusive, pagué “cargos por servicios” cuando necesité de alguna prestación
especial (transcripciones, certificaciones para impuesto, etc.).
Cuando algún egresado u oficial universitario me dice que
tengo que estar agradecido a mi universidad por lo que me ha “dado” y que lo
tengo que demostrar sosteniéndola financieramente, rechazo esa noción
contundentemente (como debería hacerlo todo egresado). Lo que estas personas
están intentado hacer es robarme los fondos que he generado por mi esfuerzo con
tonterías sentimentalistas.
Es ridículo estar
“agradecido” por algo que estaba a la venta y fue comprando. Muchas veces pagado
a sobre precio, sin ser el producto por el cual se había pactado. Las propinas
se otorgan cuando se ha dado un servicio excelente, no cuando han fayado en
ganárselas; las limosnas se dan por piedad, no por exigencia.
Alejandro Ortiz