En los asuntos de salud mental es necesario que las personas, primero reconozcan que tienen una situación a resolver, segundo que tengan una disposición para resolver sus asuntos. En escenarios como terapia de pareja, familia o grupal, es necesario que haya una voluntad colectiva para lograr la recuperación. Estableciendo de manera voluntaria una meta terapéutica en común. Si estos elementos no están presentes no habrá un proceso de recuperación efectivo.
La realidad es que nadie puede obligar a otra persona a recuperarse o sanar.
Más cuando las relaciones han sido manchadas por la violencia. La violencia, ya sea psicológica, mental, física, sexual, etc., es violencia. Especialmente cuando la acción violenta está dirigida con intención y alevosía a intimidar o hacer algún tipo de daño. No hay eufemismo que la logre esconder la realidad de la violencia.
El asunto se complica cuando quien ha perpetrado la acción violenta es parte de las estructuras de poder. Se complica porque los que ostentan el poder entienden que tienen el derecho de aplicarlo indiscriminadamente.
La aplicación del poder es violencia.
Ahora, si la persona que ha recibido el acto violento se rebela contra el agresor, las estructuras de poder victimizan doblemente a la persona. Ya que no sólo recibió el acto de violencia, si no que ahora un sistema tratará de proteger a ese violento. En el proceso de proteger lo que hacen es condenar a la persona que protestó contra el acto violento.
Es aquí donde entran los profesionales de la psicología a obligar a la sanación. Pero esta obligación a la sanación la hacen al revertir la culpa del acto violento. Ahora la víctima es culpable de su reacción ante el acto violento. Así se desvía la responsabilidad lejos del que perpetra el acto violento.
Para esto los profesionales de la psicología tienen una serie de artimañas. La más utilizada es preguntar ‘como te sientes’. Esto comienza a explorar los hechos y sentimientos. Pero en el momento que la información que se obtiene de la víctima no concuerda con los deseos de la estructura de poder, se cambia la dirección de la intervención.
Esto es común en los juegos de poder y es la epitome de la irresponsabilidad de los profesionales de la psicología. Es encubrir los hechos violentos y contribuir a la destrucción de la dignidad de esa persona a la cual se ha obligado a entrar en una relación cuasi terapéutica.
Así, que en el caso del niño que ha sido abusado por sus padres o tutores, el enfoque en la intervención no será la violencia que recibió, o sus efectos, si no los posibles sentimientos de amor que pueda tener por el tutor. Y si no los tiene el profesional de la psicología lo que hará es crear un sentimiento de culpa, utilizando ‘porque no amas a tu padre, cuando es tu deber amarlo’. Por eso hubo violencia, ‘por tu falta de amor al tutor’.
La mujer que ha sufrido violencia sexual se le transfiere la responsabilidad de la transgresión por su naturaleza de mujer. Se le inculcará el sentido que ella se lo buscó. Y en el peor de los casos, ¿cómo no ha de disfrutar de la agresión sexual? Si el ser humano está diseñado biológicamente para disfrutar del sexo. Por eso hubo violencia, ‘porque eres una mujer, y no disfrutas del sexo’.
O alguna otra idiotez fundamentada en la gimnasia mental que hacen los sostenedores de las estructuras de poder.
El profesional de la psicología al servicio de las estructuras del poder buscará hacer a la victima culpable, sublimar los sentimientos o desviar la responsabilidad. Se le creará un sentimiento de culpa por haber provocado la violencia que se ha perpetrado contra la victima. Y toda aquella victima que se rehúse a ser victimizada doblemente será declarada como un rebelde que se niega a sanar.
Pero en ningún momento se atiende la verdadera causa o los efectos de lo que está creando problemas de salud mental... el victimario, ese agresor que incurrió en la acción violenta.
Es una vil alimaña el profesional de la psicología que se parcialice con las estructuras de poder en perjuicio con los derechos de la víctima de violencia. Destruye el proceso terapéutico, verdaderamente no se escucha a la víctima y lo que se busca es justificar e encubrir los actos de violencia. Todo en pos de la perpetuación de las estructuras de poder.